En hogares nórdicos, el almacenamiento se esconde sin pedir protagonismo. Maderas claras, frentes lisos y herrajes invisibles permiten que la luz rebote y agrande ópticamente cada metro. Un estante bien alineado y un banco con cajones sustituyen voluminosos muebles. Sanna, en Helsinki, nos contó cómo una repisa corrida bajo la ventana guarda libros, plantas y mantas, sin interrumpir la vista del cielo invernal, logrando orden amable y confort diario.
Desde Japón llega la noción de ma, ese intervalo que tiene propósito. Guardar no es amontonar; es decidir qué merece permanecer a mano y qué debe desaparecer hasta que vuelva a tener sentido. Tansu modulares, futones que se doblan y genkan con compartimentos para calzado dan elasticidad a la planta. En Osaka, una familia rota textiles de temporada y logra un salón despejado cada tarde, listo para té, juego o silencio.
En Marruecos, la hospitalidad convive con rincones ingeniosos: alcobas con estantes empotrados, bancos con arcón y cofres que guardan vajilla, alfombras y recuerdos. El yeso pulido y la madera tallada ocultan huecos prácticos, mientras cestas de palma con tapa doman textiles sueltos. En Fez, un artesano nos mostró una banqueta de patio cuyo asiento levanta como ala ligera; debajo, bandejas y vasos esperan la llegada espontánea de invitados, sin ocupar visión ni pasillo.
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