
Un levantamiento del asoleamiento, vientos dominantes, lluvias y temperaturas ofrece decisiones inteligentes antes de dibujar el primer muro. Con esa cartografía, una casa mínima puede abrirse donde el sol cura la humedad, cerrarse donde el calor castiga, y respirar con ventilación cruzada sin depender de máquinas costosas ni consumos innecesarios, equilibrando bienestar, salud y bajo impacto.

Patios, zaguanes, porches, galerías y corredores aportan sombra, transición y sociabilidad. Reinterpretados con tecnología ligera, permiten piezas móviles, módulos prefabricados y fachadas porosas que conservan el espíritu local. No se copian formas, se traducen lógicas: proteger, tamizar, acumular o disipar calor según estación, habilitando microespacios cambiantes que crecen con la vida sin perder identidad ni calidez.

La reducción de superficie obliga a priorizar la esencia: circulación clara, altura donde importa, almacenamiento integrado y rincones que sirven a más de un uso. Pequeños gestos, como elevar la construcción, minimizar cimentaciones o usar materiales cercanos, reducen huella económica y ambiental. El resultado potencia el paisaje, fortalece redes vecinales y demuestra que menos puede significar mejor, no menospreciar.
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